El PIB rebota un 15,4% anualizado en el segundo trimestre de 2026 y la inflación cae al 1,5%, mientras el turismo emisor recupera al 93% de su demanda máxima.

Casi tres años después del 7 de octubre de 2023, la economía israelí exhibe una capacidad de resistencia que ha sorprendido a los propios organismos internacionales. El FMI, en su misión de febrero de 2026, hablaba de una “resiliencia notable” y constataba que, tras el alto el fuego en Gaza, la actividad se había acelerado de forma marcada.

Los datos de la Oficina Central de Estadística publicados en agosto lo confirman con contundencia: el PIB creció un 15,4% en tasa anualizada en el segundo trimestre de 2026 (un 3,6% intertrimestral), tras la contracción del 3,8% anualizado del primer trimestre, distorsionado aún por los efectos de la guerra con Irán de junio de 2025 y su réplica sobre la actividad. En el conjunto del primer semestre, la economía avanzó un 3,2% frente a la segunda mitad de 2025, con las exportaciones creciendo a un ritmo anualizado del 25,2% y la inversión fija acumulando un alza semestral del 10,6%.  

La letra pequeña, sin embargo, importa. Si se excluye la producción de las empresas israelíes en el exterior, el brazo global de su industria tecnológica, el crecimiento semestral se reduce a apenas el 1%. El consumo privado retrocedió un 0,4% en el semestre, señal de que la economía doméstica (la del comercio, la construcción y los servicios locales, lastrada todavía por la movilización de reservistas y la incertidumbre) avanza a una velocidad inferior a la del Israel corporativo y exportador. 

Es la versión israelí de la economía de dos velocidades: un sector high tech que capta unos 4.000 millones de dólares de capital por trimestre y tira de la estadística, y un consumidor interno que aún no ha normalizado su gasto. El Banco de Israel, con todo, proyecta un crecimiento del 4% para 2026 y del 5,5% para 2027, apoyado en la recuperación del capital humano movilizado y en el ciclo inversor pospuesto durante la guerra.

El frente nominal es, paradójicamente, el gran éxito de esta economía de guerra. La inflación interanual cayó en julio de 2026 al 1,5%, su nivel más bajo desde mayo de 2021 y menos de la mitad del 3,1% de un año antes, situándose en la banda inferior del objetivo del banco central (1%-3%). El Banco de Israel, que mantuvo el tipo oficial en el 4,5% durante casi dos años de conflicto, ha encadenado tres recortes en 2026 (enero, mayo y julio) hasta el 3,5%, y su servicio de estudios contempla un descenso adicional hacia el 3% en el horizonte 2026-2027.

La pieza clave es el shékel: la divisa israelí se ha apreciado hasta perforar el nivel de 3 unidades por dólar, su cota más fuerte en años, abaratando las importaciones y, de paso, disparando el poder de compra de los israelíes en el extranjero.

Los desequilibrios persisten donde cabría esperar: los alquileres de nuevos contratos suben cerca del 7% interanual, los salarios crecen un 6,8% con un paro en mínimos del 3% y una tasa de vacantes del 4,2%, y el coste fiscal de la guerra sigue siendo formidable. El déficit público cerrará 2026 en torno al 4,9% del PIB si no se recorta el presupuesto de defensa, con una deuda estabilizada cerca del 69% del PIB, una cifra que la mayoría de economías europeas firmaría, pero que supone una década de consolidación perdida para Israel. Moody’s, que degradó la nota soberana hasta Baa1 en plena escalada de 2024, mantiene hoy el rating con perspectiva estable, reconociendo la resistencia económica pese al coste bélico acumulado.

Turismo emisor: crónica de una recuperación en tres actos 

Pocas series estadísticas ilustran mejor el ciclo bélico israelí que la de su turismo emisor. El primer acto fue el colapso, ya que, tras el ataque de Hamás del 7 de octubre de 2023, las aerolíneas extranjeras suspendieron sus vuelos a Tel Aviv, dejando a El Al y las compañías israelíes como único puente aéreo. El resultado fue un mercado cautivo, con tarifas en máximos históricos (que llegaron a motivar demandas colectivas contra la aerolínea de bandera por presunto abuso de precios) y una oferta de asientos raquítica. Aun así, la demanda demostró una rigidez extraordinaria: incluso en 2024, en plena guerra multifrente, los israelíes realizaron más de siete millones de viajes internacionales.

El segundo acto fue la normalización truncada de 2025. Con el regreso gradual de las aerolíneas extranjeras, el aeropuerto Ben Gurion movió 7,7 millones de pasajeros en el primer semestre, un 28% más que en el mismo periodo de 2024, con crecimientos de hasta el 50% entre enero y mayo. La guerra de doce días con Irán en junio volvió a cerrar los cielos: aquel mes el tráfico se desplomó un 41,4% interanual, hasta 833.000 pasajeros. Pero la reapertura fue inmediata y la demanda embalsada regresó con fuerza.

El tercer acto es el verano de 2026, el más intenso desde el inicio de la guerra: la Autoridad Aeroportuaria prevé 2,6 millones de pasajeros solo en agosto, con jornadas punta de 100.000 viajeros y 47 aerolíneas operando, una cifra aún inferior a la oferta previa al conflicto, lo que explica que las demoras hayan repuntado un 24%. El sector sitúa la demanda emisora en torno al 93% de su máximo histórico, pese a los precios todavía elevados y a la inquietud de parte de los viajeros por la percepción del pasaporte israelí en algunos países.

El mapa de destinos es marcadamente mediterráneo y de corto radio: Grecia lidera con claridad (la ruta Tel Aviv-Atenas fue la más transitada del primer semestre, con 563.000 pasajeros), seguida de Estados Unidos, Chipre, Italia, Emiratos Árabes Unidos y Francia, con Georgia, Hungría, Polonia o Bulgaria entre los mercados de mayor crecimiento. Los factores estructurales que alimentan el flujo son, por una parte, un shékel en máximos que hace las vacaciones exteriores relativamente baratas y, por la otra, una oferta doméstica encarecida (las pernoctaciones de israelíes en hoteles del país cayeron cerca de un 15% en 2025) que empuja al viajero local hacia el exterior.

En ese reparto, España brilla por su ausencia. Ningún destino español figura entre los diez primeros del emisor israelí en 2026. Según los rankings de reservas de la temporada de invierno 2025/2026, España ha salido del top 10 (igual que Alemania, con el Reino Unido incluso fuera del top 15) mientras Hungría escala al segundo puesto y Rumanía, Chequia y Polonia absorben el flujo que antes se repartían las capitales occidentales.

El deterioro es inseparable del choque político. Desde el reconocimiento del Estado palestino en mayo de 2024, la escalada ha sido continua. En septiembre de 2025 el Gobierno de Pedro Sánchez decretó un embargo total de armas y el cierre de puertos y espacio aéreo a cargamentos militares con destino a Israel, medidas que el ministro de Exteriores israelí, Gideon Saar, calificó de “antisemitas”, vetando la entrada a dos ministras españolas. A su vez, Madrid llamó a consultas a su embajadora y, en marzo de 2026, la retiró con carácter definitivo; por su parte Israel replicó retirando a la suya. Ambos países se relacionan hoy a nivel de encargado de negocios, el escalón diplomático más bajo, al que se sumaron gestos como la negativa española a participar de Eurovisión dada la presencia de Israel o las protestas propalestinas que interrumpieron La Vuelta 2025.

A la fractura diplomática se añade la dimensión de seguridad percibida. El informe del Ministerio del Interior publicado en junio de 2026 registró 69 incidentes antisemitas en 2025, un 86% más que los 37 de 2024, dentro del peor año de delitos de odio desde que existen registros (2.417 casos). Episodios muy mediatizados en Israel (turistas israelíes expulsados de un museo madrileño entre insultos, amenazas a viajeros israelíes cerca de Barcelona y en Vigo, o la persecución de turistas judíos franceses por calles barcelonesas en julio de 2026) han consolidado en el mercado emisor la percepción de España como destino hostil, un factor que los operadores israelíes citan, junto a las manifestaciones propalestinas, para explicar el desvío de demanda hacia el Este de Europa.

Hay, con todo, señales de que el mercado no da a España por perdida: Israir ha anunciado una ruta directa Tel Aviv-Madrid con tres frecuencias semanales desde octubre de 2026, una apuesta comercial que sugiere demanda latente si el clima se estabiliza. El precedente es conocido: el viajero israelí ha demostrado regresar con rapidez allí donde percibe normalidad.

Perspectivas: una ventana para los destinos receptores 

El riesgo principal en este caso es siempre la reactivación de las tensiones regionales y que, como consecuencia, se vuelva a cerrar el espacio aéreo, algo que advierte el FMI. Sin embargo, el escenario central dibuja un mercado emisor de enorme atractivo, con diez millones de habitantes con renta per cápita superior a la de buena parte de Europa occidental, una de las propensiones a viajar más altas del mundo, salarios creciendo al 7%, divisa fuerte y una demanda que ha demostrado sobrevivir a dos guerras. A medida que las aerolíneas extranjeras completen su regreso en 2026-2027, la caída de tarifas debería liberar demanda adicional.

Para España, hoy ausente de los primeros puestos del ranking pese a su afinidad mediterránea, la lectura operativa es análoga a la del mercado griego. El viajero israelí se fideliza ahora, en plena fase de reapertura, cuando la conectividad se reconstruye y los patrones de destino se reconfiguran. Grecia, Chipre e Italia han ocupado el vacío. Por este motivo, recuperar cuota exige una capacidad aérea directa junto a un producto urbano y de playa competitivo. La paradoja israelí, una economía de guerra que bate récords de PIB mientras sus ciudadanos llenan los aviones, es para la industria turística europea una de las oportunidades más claras del Mediterráneo oriental.